mongoliara hogeitabi (22)

Mongolia 3

Las ciudades que pasamos son todas iguales, muy extensas y pocos habitantes, con una mínima parte urbanizada y mal, desangeladas, polvorientas, ruínas militares rusas, antiguas centrales de carbón para producir corriente y agua caliente abandonadas: todo decrépito. Los edificios oficiales tampoco se libran, humedades, desconchones, no cierran puertas, muebles chinos de pacotilla que se caen, y no os contamos a que hoteles vamos para que no os riáis, con deciros que por 17 euros dormimos los tres; pero eso si, con sábanas limpias, nos parece.

Viendo donde vive la gente, sorprende ver lo limpios y arreglados que van, sobretodo las mujeres; pelo brillante, modernas y con tacones de aguja, ahí queda eso!, aunque el barro les llegue a mitad del tacón. Las niñas de los colegios están encantadoras con sus uniformes, lazos y pompones incluídos.

Llama la atención la cantidad de comercio pequeño que existe en todas partes, incluso en pueblitos. Todos tienen lo mismo: productos envasados sobresaliendo por su abundancia todo lo dulce, caramelos de cien clases, lo mismo que galletas y pastas rellenas de crema y chocolate, conservas, muchísimo vodka y ropa china para niños.

Si vas a tomar un café o un té a un establecimiento de comidas, tienes que ir primero a la tienda de al lado, comprar lo que vas a tomar, café, té, galletas, porque en el restaurante sólo te dan agua caliente. Te cobran 0,20 euros por el servicio.

Por todos estos países asiáticos se ha extendido el uso de lo que nosotros llamamos “trilero”. Consiste en un sobre que tiene café o té soluble mezclado con azúcar y leche en polvo. No saben lo que es un café, café.

En algunos sitios para pedir té, pides lipton como sinónimo de té aunque no tengan esa marca.

Para salir de Altai a Badsagaan teníamos una carretera  (pista)  en el mapa y dos en  el GPS. Preguntamos, nos dijeron: “para allí”, y cogimos la pista en aquella dirección. Como no pasábamos ninguna población de las de los mapas, después de varias horas, entramos en un Guanz del camino para tomar un “trilero”.

El matrimonio del ger (en ruso yurta) que paramos, eran muy jóvenes y tenían dos niños. El era alto y delgado con una cara muy bonita por lo auténtica, y ella más normalita . La ” bosta ” que  utilizaban  como combustible,  consiste en la utilización de boñigas secas de oveja vaca o caballo. Tiene gran poder calorífico, apenas emite llama, no mancha y no huele. Es un producto muy usual en todos los países asiáticos, y hasta cotiza en bolsa, en la de cada poblado, ya que la venden en bolsas y cada una tiene un precio.

El ganado, ya sean vacas caballos u ovejas, lo guardan dentro de un recinto por la noche, y el estiércol se va acumulando. Cuando ya tiene unos diez centímetros de espesor, se corta en trozos y se extiende para secar. Después lo amontonan para el invierno.

Cuando les enseñamos el mapa, nos dijeron que no íbamos por ninguno de los tres caminos, sino por otro intermedio, y para llegar al pueblo que queríamos, además de muchos kilómetros, debíamos atravesar un río que tenía agua hasta la rodilla, y si no, un gran rodeo. Como es lógico, elegimos cruzar el río.

Guanz se llaman todos los restaurantes pequeños que son como cantinas, y pueden estar montados en casas, chabolas, containers y vagones de tren etc. y en las carreteras, cuando un ger esta a menos de cincuenta metros de la pista, casi con seguridad lo es. En él vive una familia,  a veces ponen un letrero en mongol que lo anuncia, o nada.

La comida típica de estos sitios y casi del país, tiene como principal ingrediente la carne de carnero recién matado y mas duro que el pié de San Pedro. La sopa es de espaguetis con la carne cocida. Otro plato son bolas de pasta rellenas con la misma carne en trozos pequeños y todo cocido. Tener en cuenta que casi la mitad de la carne es grasa, y como se te enfríe la comida y te quede la grasa blanquecina, atrévete a comerla, anda.

A lo que vamos. Después de cruzar el río y aprovechar para lavar el coche, metidos en el agua claro, al cabo de varias horas llegamos al pueblo. A la entrada encontramos a cinco hombres empujando una furgoneta cargada. Paramos, sacamos la eslinga y la remolcamos hasta el ger del dueño. Todos contentos y nos invitaron a entrar para tomar un té. Las consabidas preguntas curiosas y que nos quedasemos a cenar, les agradecimos y les dijimos que ya teníamos comida, únicamente necesitábamos calentarla; por supuesto que si, pero que cenáramos allí. Conforme. Hicimos una sopa instant, dos latas de callos y nos dieron otro té. Vinieron los del ger de al lado, nos enseñaron fotos calendarios y revistas donde salía el dueño del ger participando en pruebas a caballo y lucha mongola. También sacaron todas las medallas sacadas en los campeonatos. El ambiente era formidable, el entendimiento básico pero suficiente, fotos y más fotos sobre todo a los niños de nueve y seis años. Después abrimos los gavioteros que les parecieron geniales, y en el momento oportuno nos retiramos a nuestros aposentos para no incordiar demasiado. Debió de venir más gente, porque las conversaciones no pararon hasta media noche. Como estaba cubierto y lloviendo a ratos, era la cuarta noche sin concurso de satélites; una pena.

Por la mañana le dimos a la señora la cafetera y un cazo de agua para calentar, desayunamos mientras preparaban a los niños para la escuela, les sacamos fotos, pues estaban encantados posando, sobre todo la niña con su vestido de camarerita y zapatitos blancos.

El problema vino cuando le quisieron poner su mochila para ir al cole; no había tu tía, que no, que mientras estuviéramos allí, ni hablar. Entonces Perico dejó de desayunar, se levantó, y cogió a la niña de la mano, le puso la mochilita, la niña no decía ni Pamplona, se dejó hacer sin protestar, salieron juntos por la puerta y de la manita los dos, acompañados por el hermano, se fueron para la escuela. La cara de la niña era todo un poema, y su madre en la puerta no podía aguantar la risa. En los doscientos metros de camino, el resto de críos que iban para allá, miraban con sorpresa semejante aparición. La niña muy ufana no soltó la mano hasta estar junto a sus compañeras, y se quedó como una reina rodeada de sus damas. Las preguntas de sus amigas son fáciles de adivinar, ¿quién era ese extraterrestre que te ha acompañado?. Pero ahora, ¿quién es capaz de decir lo que la niña les pudo contestar?, ¿quién puede explicar lo que pasa por la cabeza de una cría de seis años, en un pueblo donde nunca pasa un extranjero, por estar fuera de los circuitos turísticos?. Misterios insondables. Perico volvió, terminó de desayunar, recogimos todo, abrazos, más fotos, bayarlalaa, good bye y a perdernos por las pistas que es lo nuestro.

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~ por juanmaindo en septiembre 13, 2010.

3 comentarios to “mongoliara hogeitabi (22)”

  1. Hola a todos, ya veo que os buscáis la vida haciendo trabajo social para compensar el absentismo escolar, eso está bien.

    Por cierto Pedro, con la grasa de “los traseros” de los corderos, podríais hacer chicharrones.

    Besos

  2. Vaya por Dios ! que donde esté una buena sidrería que se quite el cordero, la sopa, las bolitas, la grasa, en fin, supongo que añoraréis la comida de casa, ya queda poco chicos. Pedro qué pasada, estas super guapo, que guay y la niña, de postal. Bueno, hasta la próxima i VISCA CATALUNYA 111111111111 QUE EL OTRO DIA FUE LA DIADA. UN BESAZO A LOS TRES. ADEUUUUUUUUUUUUUU

  3. Estáis todos guapísimos, especialmente en las fotos con los niños. Esas experiencias que estáis viviendo son maravillosas. ¡ qué gozada ! Seguir disfrutando así, y hombre, de vez en cuando una pequeña avería para que no se oxide el quitamanías.

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