mongoliara hogeitabost (25)

Mongolia-La pista

Viajar a través de Mongolia en tu propio coche no es recomendable. Lo que aparece como carreteras principales en el mapa, es poco más que unas rodaduras en el polvo, la arena o el barro. Todos los mapas son incompletos,  a duras penas encuentras una señal en todo el país. En Mongolia las pistas conectan los pueblos con los nómadas, muchos de los cuales cambian de sitio abandonando los caminos.

Las rodadas viejas se transforman en “autopistas” de 4 , 6 y 8 o más carriles.

Algunos siguen los postes de electricidad, cuando hay, y si no, ya puedes ir preguntando en todos los gers del camino

Como en cualquier país con sus carreteras, la clasificación es de generales, comarcales y rurales. Según su estado no se pueden valorar en buenas y malas, sino en malas y peores, y la media de velocidad que permiten es de 25 a 30 km/h.

De todas maneras, las pistas no son un problema en sí mismas, ya que la forma de conducir influye muy significativamente en la apreciación de su estado. Por eso, vamos a diseccionar los estilos de los tres componentes del equipo.

Juanma, apodado el Africano por sus repetidas participaciones en rallyes y travesías en ése país. No cabe duda que la competición inyecta dosis de adrenalina en el organismo, y aunque esos tiempos quedaron atrás, su influencia se deja sentir si llega la ocasión.

Cuando se sienta al volante, su intención no es otra que la de recorrer la distancia que media hasta el siguiente punto, con decisión, sin más. Pero he aquí que cuando atacas la pista y la pisas, ella se siente agredida, le duele, y trata de defenderse incorporando obstáculos en el camino, es su terreno y lo defiende. Aquí empieza el tanteo entre ambos. La pista se da cuenta de que no es un cualquiera el que está invadiendo su territorio, y comienza un pulso de poder a poder. El Africano ha captado la oposición que le ofrece la pista, y se pone en guardia aguzando todos los sentidos. La pista endurece el recorrido, no puede permitir esa intromisión gratuíta, todo tiene un precio y hay que pagarlo.

Empieza una lucha en la que valen todas las armas. El Africano agarra el volante, casi lo estruja más bien, tratando de esquivar los zarpazos y mordiscos que la pista le lanza, y pide ayuda a su motor Toyota HDJ 80, “no me falles”, le dice. Este responde admirablemente. El enfrentamiento es abierto, cara a cara, velocidades cortas, motor acelerado. Embrague, cambio y freno son independientes pero parecen uno, tal es la velocidad a que se usan; parece que se dirigiesen con la mente en vez de con pies y manos, el ritmo es vertiginoso. La lucha ha quedado atrás, y ya es una guerra declarada. El interior es una batidora. La conducción se vuelve obsesiva, es sexual, por razones, pero no subyugan a la pista que echa mano de sus armas de mujer. Suaviza momentáneamente la agresión tratando de engañar, de seducir, para volver de inmediato con más piedras , barro y zanjas que ponen a prueba los reflejos del Africano, que, curtido en estas lides hace bramar a su motor, tratando de machacar las malas artes de su enemiga, que le persigue incansablemente.”Pagarás esta agresión”, parece decir. El Africano trata de escapar de su perseguidora, gana distancia, se aleja y ella piensa: ”esta vez lo has conseguido, pero un día fallarás y yo estaré allí. Mis tentáculos se extienden por todo el mundo, nunca duermo, y te pillaré, vaya que si te pillaré, y destrozaré tu coche”. Y el Africano lo sabe.

Perico. El estilo cambia sensiblemente. Este se ha formado a base de muchos años de conducir en hielo y nieve, y la percepción del contacto entre suelo y rueda cambia drásticamente.

Su conducción es más relajada, pudiendo ser rápido en ocasiones, pero no es violenta en ningún momento. Cuando invade una pista parece haber un acuerdo tácito entre los dos:”si no me agredes, yo te tolero”, parece decir la pista. El calor de la conducción parece llevarle a abusar de rapidez, pero la pista, siempre alerta, se encarga de darle a entender con pequeños tropezones, que no se puede pasar. Debe respetarla, es suya, y no le tolerará que abuse. No solamente eso, además, le va a exigir atención constante, intercalando obstáculos que no le van a permitir dormirse. La conducción es más sensual, de tú a tú, a lo que colabora el motor Toyota, aportando un suave ronroneo que mantiene el coche en velocidades largas, para contrariedad del Africano que no comulga con esa forma de conducir. No entiende a la pista, no hace falta casarse con ella, pero qué menos que respetarla.

Ella lo agradece suavizando los accidentes y fallos del terreno, haciendo que el interior sea como mucho, una suave coctelera. Es una entente agradable, pues parece que cada vez que le toca conducir, ella le está esperando, se reconocen, se saludan, un guiño cómplice les delata, y ambos disfrutan.

Las despedidas entristecen, pero ella esperará pacientemente años y años, y por supuesto, siempre se reconocerán y se alegrarán de poder rodar una vez más, no importa donde, pero siempre juntos.

José Ignacio. Su estilo es difícil de describir. Ha logrado mezclar la suavidad, sutileza y elegancia de un coche de alta gama, con la rudeza, el esfuerzo y la incomodidad de una conducción trialera.

Su toma de contacto con las pistas de Mongolia no es fácil de explicar. No entendemos la transformación que experimenta al contacto con la pista. No es que conduzca el Toyota, casi ni lo toca, sus dedos se deslizan por el volante, que se mueve siguiendo la trayectoria que ellos le marcan.

La conducción es sublime. La pista se ha rendido a sus pies, no sabemos cómo, pero de repente desaparecen las piedras, baches y demás trampas que a los demás les hacen sufrir. La pista no le pide nada, se tumba, se estira, se aplana, se entrega y el motor no se siente pues parece la mismísima respiración de la pista que nos alienta en el oído. El coche no rueda, se desliza, flota, parece un vestido de seda sobre un cuerpo de mujer, se pega a las curvas, las redondea, las engrandece, tapa los huecos dando continuidad a la pista.

La conducción es sugerente, voluptuosa, plena. En el interior suena la música por él elegida, ¿estaremos en la gloria? Es la simbiosis perfecta coche-pista. Tendremos que recorrer las de otros países. La experiencia es inenarrable. Gracias José Ignacio, ¿cómo lo has conseguido?

El romance del desierto será destruído. Los turistas llegarán sentados en cómodos coches con calefacción, comerán la comida europea mientras leen los periódicos de la semana anterior, y no comprenderán en absoluto toda la gloriosa historia, la tragedia y el romance de las pistas de GOBI.                                                                                             (ROY CHAPMAN ANDREWS)

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~ por juanmaindo en septiembre 15, 2010.

4 comentarios to “mongoliara hogeitabost (25)”

  1. No sé con cual de los tres me montaría en un vehículo.
    La descripción ofrecida es de una calidad literaria asombrosa, mis felicitaciones al autor.
    Saludos.
    Alberto

  2. Aleluya, La influencia del lugar es innegable. De Donosti salieron tres jubilatas con ganas de aventura y sin terminar todavía el viaje se han convertido en poetas del mundo.¡Viva la vida!. Salud y que siga el viaje.

  3. Flotar sobre la pista, agitación sexual, sensual, una cocktelera… En fin, envidia es poco. Y de la mala :o)

    Salud!

  4. Alternativa 1
    Dejar el TOYOTA ahí y en la primavera nos vamos a dar un voltio por los alrededores.
    Alternativa 2
    Dejar el TOYOTA ahí y en la primavera nos lo traemos de vuelta una nueva tripulación. ¿Está el vehículo bien como para volver o necesitamos un Indo II para las averías?. Ya tengo media tripulacion preparada.
    Alternativa 3
    Seguir pasando envidia

    Que siga todo bien abueletes-fotógrafos-poetas-aventureros

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